A.- INTRODUCCIÓN

Sabemos que una de las propiedades esenciales del matrimonio (de todo matrimonio, no sólo del matrimonio cristiano) es la “indisolubilidad” (C 1056 y 1085).

Esto quiere decir que el matrimonio válidamente contraído sólo se disuelve por la muerte de una de los cónyuges.

 

Toda vez que este no es el lugar en donde debemos profundizar en esta importante propiedad esencial, simplemente nos limitaremos a mencionar que, la misma, ha sido confirmada por una larga tradición canónica y por el más solemne magisterio de la Iglesia en tiempos recientes, el Concilio Vaticano II, y por la enseñanza reiterada ede Juan Pablo II.

La indisolubilidad es propiedad esencial de todo matrimonio por virtud del propio Derecho natural, además, alcanza especial refuerzo en el matrimonio cristiano, por la firmeza que surge de su carácter sacramental. De ahí que el canon 1056 señale que “la unidad y la indisolubilidad (…) alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento”. Y el canon 1141 señala taxativamente: “El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte”.

Como bien sabemos, con el término “rato” se hace alusión al matrimonio sacramental; mientras que “rato y consumado” hace  referencia al matrimonio sacramental, cuando los cónyuges han realizado el acto conyugal. (C 1061).

Pues bien, el matrimonio “rato y consumado” es absolutamente indisoluble. En cambio, si falta la sacramentalidad (no es matrimonio rato) o, si siendo rato no ha sido consumado, caben algunas excepciones al principio de la indisolubilidad, como es el supuesto del llamado “privilegio paulino” y otros casos en los que actúa la potestad vicaria o ministerial del Romano Pontífice.

El matrimonio rato y consumado es indisoluble por Derecho divino y no puede ser disuelto por ninguna potestad humana; en cambio los otros matrimonios, aún siendo intrínsecamente indisolubles, no tienen sin embargo una indisolubilidad extrínseca absoluta, sino que, dados ciertos presupuestos, necesarios, pueden ser disueltos, no solamente en virtud del privilegio paulino sino también por el Romano Pontífice. (Parte de una alocución de Pío XII de 3 de octubre de 1941).

Como puede apreciarse, es importante la distinción entre indisolubilidad intrínseca e indisolubilidad extrínseca. La primera hace referencia a que el vínculo no puede disolverse por voluntad de los cónyuges; y es “absoluta”. La segunda (la indisolubilidad extrínseca) indica que no hay autoridad que pueda disolver el matrimonio: es absoluta en el caso del matrimonio rato y consumado; en los demás casos, caben algunas excepciones.

 

B.- La disolución del matrimonio por muerte

La disolución normal del matrimonio es por muerte de uno de los cónyuges, como dice el canon 1141, es decir, el matrimonio rato y consumado no se disuelve más que por la muerte.

En realidad estamos ante una causa de extinción del matrimonio, más que ante una disolución propiamente dicha.

Esta causa no plantea mayores problemas, salvo el que surge cuando no existen pruebas fehacientes del fallecimiento, bien por las circunstancias del caso, bien porque, simplemente, lo único real es la desaparición de la persona en especiales circunstancias, (supuestos de guerra, naufragios, etc).

Lo importante es tener en cuenta que en Derecho Canónico no hay presunción legal de muerte, como ocurre en casi todos los ordenamientos civiles, por ausencia prolongada del cónyuge, sino que es necesario un proceso sobre la muerte presunta del cónyuge, a través del cual el Obispo diocesano debe llegar a la “certeza moral” sobre la muerte del cónyuge y declarar que ésta ha sucedido.

El proceso a que nos referimos está regulado actualmente por el canon 1707.

 

C.- Otros supuestos de disolución.

 

1.- Disolución del matrimonio no consumado (dispensa super rato)

El canon 1141 basa la indisolubilidad absoluta del matrimonio en su sacramentalidad y en su consumación. Si no confluyen los dos elementos es posible la disolución, a través del ejercicio por el Romano Pontífice de su potestad vicaria. Potestad propia sólo de Dios (que actúa como causa principal), y vicaria por parte del Romano Pontífice (que opera como causa instrumental).

La doctrina jurídica no ha logrado ofrecer aún una explicación técnica con suficiente perfección en relación a todo el fondo del poder vicario relativo a esta disolución. En todo caso, es importante destacar que, no estamos ante una dispensa propiamente dicha, en sentido técnico, es decir, ante una relajación de una ley en un caso particular (C. 85), sino que, en la llamada dispensa “super rato”, estamos ante un acto del Romano Pontífice que, con su potestad vicaria, hace que desaparezca el vínculo conyugal. Y, por ello, desaparecido el mismo vínculo conyugal, no le es aplicable el principio de la indisolubilidad por falta de materia. Se trata, por consiguiente, de una dispensa en sentido lato o amplio, no en sentido estricto o técnico-jurídico.

El supuesto al que no hemos referido viene contemplado en el canon 1142: “El matrimonio no consumado entre bautizados, o entre parte bautizada y parte no bautizada, puede ser disuelto con causa justa por el Romano Pontífice, a petición de ambas partes o de una de ellas, aunque la otra se oponga”.

Los puntos fundamentales que se deben tener en cuenta son los siguientes:

a.- Debe tratarse de un matrimonio “entre bautizados, o entre parte bautizada y parte no bautizada” (C. 1142).

b.- Hace falta la “justa causa” para la validez del acto de disolución, puesto que el Romano Pontífice ejerce una potestad vicaria, que está sometida a esta exigencia o requisito por su propia naturaleza.

c.- Es presupuesto necesario el hecho de la “inconsumación”, siendo la consumación la realización, de modo humano, del acto conyugal apto de por sí para engendrar prole, al que el matrimonio se ordena por su misma naturaleza. (C. 1061).

d.- Finalmente, el procedimiento para la dispensa del matrimonio no consumado viene regulado en los cánones 1697-1706. Es un proceso de naturaleza administrativa, no judicial. Deben tenerse en cuenta las normas de la Congregación de los Sacramentos contenidas en “Litterae circulares (De processu super matrimonio rato et non consummato)” de 20-XII-1986. Hay normas anteriores (por ejemplo, y entre otras, la instrucción Dispensationis matrimonio, de 7 de marzo de 1972) que pueden y deben integrar toda esta regulación, siempre que sean congruentes con el conjunto de esta materia.

 

2.- El privilegio paulino.

Se encuentra regulado en los cánones 1143-1147. Recibe este nombre porque su origen está en un conocido pasaje de una epístola de San Pablo: 1 Cor 7, 12 – 15.

De acuerdo con el canon 1143, “el matrimonio contraído por dos personas no bautizadas se disuelve por el privilegio paulino a favor de la fe (in favorem fidei) de la parte que ha recibido el bautismo, por el mismo hecho de que ésta contraiga un nuevo matrimonio, con tal de que la parte no bautizada se separe”. Y añade, en el parágrafo 2: “Se considera que la parte no bautizada se separa, si no quiere cohabitar con la parte bautizada, o cohabitar pacíficamente sin ofensa del Creador (sine contumelia Creatoris), a no ser que ésta, después de recibir el bautismo le hubiera dado un motivo justo para separarse”.

La estructura del privilegio paulino puede concretarse en estos cinco puntos: 1.- Matrimonio entre no bautizados; 2.- Bautismo de uno de ellos; 3.- Separación (discenssus) del que queda sin bautizar: la separación puede ser física (no quiere cohabitar) o moral (pese a querer cohabitar, lo hace de modo que implica algo contrario a la recta ordenación del matrimonio, es decir, no lo hace “sine contumelia Creatoris”); 4.- Necesidad de las interpelaciones, tal como vienen reguladas en los cánones 1144 y 1145; 5.- Efectos: el efecto inmediato del privilegio paulino es el derecho del cónyuge bautizado a contraer nuevo matrimonio con otra persona católica tal y como lo previene el canon 1146; y el efecto mediato es la disolución del primer matrimonio celebrado en la infidelidad, que tiene lugar en el mismo instante en que la parte bautizada celebra válidamente nuevo matrimonio. Como indica el canon 1143-1, el matrimonio se disuelve “por el mismo hecho de que ésta (la parte bautizada) contraiga un nuevo matrimonio…”.

Con respecto a este supuesto, la novedad más importante del Código vigente respecto del anterior, es el canon 1147, a cuyo tenor “por causa grave, el Ordinario del lugar puede conceder que la parte bautizada, usando el privilegio paulino, contraiga matrimonio con parte no católica, bautizada o no, observando también las prescripciones de los cánones sobre los matrimonios mixtos”. Es importante destacar esta última cláusula “observando también las prescripciones de los cánones sobre los matrimonios mixtos”. Pues ello indica que se han de prestar las cauciones correspondientes; es decir, la garantía de educación católica de la prole, el cuidado de la propia fe, etc. Y todo ello garantiza la fe del bautizado, que en última instancia es la razón subyacente en el privilegio paulino “in favorem fidei”

 

3.- Otros supuestos de disolución.

Aparte de los supuestos de disolución que hemos estudiado, cabe mencionar los contemplados en los cánones 1148 y 1149, que tienen sus antecedentes en las Constituciones Apostólicas “Altitudo”, de Paulo III (1-VI-1537), Romani Pontificis, de San Pío V (2-VIII-1571), y Populis, de Gregorio XIII (25-I-1585). Se trata de supuestos de disolución de matrimonios no sacramentales por disposición del Derecho (a lege), basada en el poder vicario o ministerial del Romano Pontífice.

A ellos deben añadirse los supuestos no codificados de disolución de matrimonios no sacramentales por expresa concesión del Romano Pontífice, contemplados en la Instrucción de la S. Cong. Para la Doctrina de la Fe: instructio pro solutione matrimonii in favorem fidei, de 6 de diciembre de 1973, que va acompañada de unas normas procesales.

 

D.- Conclusiones.

Unas conclusiones pueden resultar útiles para terminar con el tratamiento de esta materia, dichas conclusiones se van a centrar en los puntos que resultan claves en las cuestiones que tiene planeada la doctrina en torno a la disolución del matrimonio.

Seguiremos una exposición de De la Hera sobre el tema, apoyada, a su vez, en determinados puntos fundamentales, en las bases doctrinales proporcionadas por Hervada.

Conclusiones:

1.- El Romano Pontífice puede disolver el matrimonio: a) de dos bautizados o de parte bautizada y parte no bautizada, siempre que no esté consumado (C 1142); b) de dos no bautizados.

2.- Un matrimonio sacramental y ya consumado es (intrínseca y extrínsecamente) absolutamente indisoluble.

3.- A la pregunta acerca de por qué es el Romano Pontífice la única autoridad que puede disolver un matrimonio sea o no de bautizados, dice De la Hera: “la respuesta, siempre según la doctrina católica es ésta: el Papa posee una doble autoridad, conferida por Cristo: por un lado, es cabeza de la Iglesia que Cristo fundara, y en virtud de ello gobierna a los miembros de tal Iglesia; por otro lado, es vicario de Dios en la tierra para ejercer en Su nombre la autoridad que Dios posee sobre todos los hombres, estén o no bautizados, crean o no en El. Es en virtud de este segundo poder como el Papa interpreta el Derecho natural, que es ley para toda la humanidad; y es en virtud de este segundo poder como disuelve el matrimonio de quienes no pertenecen a la Iglesia, en cuanto la ley de la indisolubilidad, con sus excepciones, no es una ley eclesiástica, sino natural”.

4.- A la pregunta acerca del límite del poder papal para la disolución del matrimonio, hay que responder que tal límite se encuentra en el matrimonio sacramental consumado. Y ello con base en dos datos: a) la praxis del ejercicio del poder pontificio; b) las repetidas formulaciones doctrinales y magisteriales acerca de la indisolubilidad absoluta del matrimonio rato y consumado.

5.- En cuanto a la fundamentación relativa a la absoluta indisolubilidad del matrimonio rato y consumado y a la posibilidad de disolución de los demás matrimonios, se trata de un tema de difícil solución, al que la doctrina no ha dado aún una explicación del todo satisfactoria.

Quien ha aportado mayores pistas de solución ha sido el maestro Javier Hervada, por dos vías fundamentales:

a.- Poniendo de relieve la importancia de la consumación: pero sólo en el matrimonio sacramental. Es decir, concebir la consumación como una categoría jurídica (un hecho jurídico), que refuerza la indisolubilidad del vínculo, en cuanto contribuye a perfeccionar el signo sacramental: “No es una consumación negocial”, despejando, Hervada, el equívoco que aquí subyace, cuando se habla de consumación sobre la base del contexto de la polémica medieval sobre si el matrimonio es negocio real o consensual. “No es una consumación negocial, sino una consumación sacramental. La peculiar firmeza que, por la sacramentalidad, produce el primer acto conyugal no está en orden a la consumación de los negocios jurídicos, sino en un orden singular de eficacia que no es reductible a las habituales categorías de los efectos de la consumación de los negocios jurídicos reales o consensuales”.

b.- La segunda vía, a juicio del propio Hervada, en la necesidad de tener presente el juego entre naturaleza y gracia en el matrimonio, que tiene relevancia de cara a la configuración precisa de la ley de la indisolubilidad, que, en el fondo, radica en la consideración del matrimonio en su más íntimo ser (en su esencia) como “una caro”: “la significación del matrimonio consumado no radica en otra cosa que en el hecho mismo de haberse expresado antológicamente los esposos como una caro, realidad semejante a la unión de Cristo con la Iglesia por la Encarnación” (esto nos recuerda la argumentación medieval del maestro de las sentencias Pedro Lombardo).

Sigue señalando Hervada que: “En virtud de la identidad real entre matrimonio y sacramento, la plenitud de la significación produce una corrección del valor jurídico del vínculo, atribuyéndole una firmeza que sólo por razón del pacto no tiene, dándole una indisolubilidad que lo hace semejante a la indestructible unión de Cristo con la Iglesia”.

6.- Por nuestra cuenta agregaríamos una conclusión más: Todo matrimonio es “intrínsecamente” absolutamente indisoluble, es decir, los contrayentes jamás pueden disolverlo ellos mismos.

 

DERECHO MATRIMONIAL

LA DISOLUCIÓN DEL MATRIMONIO

Prof. Juan Fornés

(Manual de Derecho Canónico. EUNSA)

 


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Luis Lozano es Abogado Matrimonialista,especialista en derecho matrimonial, asesor y consultor en materia matrimonial }

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