Libro del Mes  |   Mayo 2018

Una mujer sola y vulnerable, recluida en su casa, ve desde la ventana algo que no debería haber visto. Pero nadie la cree“.

Al terminar “La mujer en la ventana” del americano A. J. Finn. Me ha tragado. Ella a mí, no yo a la novela. Sus 537 páginas me han engullido de forma inmisericorde, cual chacal con su presa. Escritura brillante, amenísima, investida de agilidad, de sencillez y encauzada con excelente tino en los sinuosos diques de la intriga. Jamás roza la crueldad o el miedo, aunque mis ojos —qué le voy a hacer— han montado guardia alrededor de mi aposento y, de vez en cuando, se me ha escapado una mirada furtiva de parte a parte. La escritura de A. J. Finn me ha enamorado. Funde estilo, misterio y entretenimiento.

Decir que es una historia de suspense es decir poco. Una empieza a leer y siente un secuestro fulminante por una mujer que padece agorafobia en estado grave. Es probable que dentro de unos años, el nombre de A.J. Finn quede vinculado, en la historia de la literatura, al de la protagonista de esta novela: Anna Fox. Con ella ha creado un personaje absolutamente magnético y extraordinariamente misterioso.

Madre separada de una niña de ocho años, psicóloga infantil que vive recluida en su casa de Harlem. Su trastorno mental la incapacita para salir. A través del teléfono, la voz de su ex marido (Ed) y la de su hija (Vivvy, o simplemente, Viv) la mantiene ligada a la vida. Apoltronada en el colchón jadeante del tiempo, las horas se le hacen eternas y cuando el tedio afila sus colmillos, participa en un foro de ajedrez, entra en algún chat de internet, o disfruta de una película clásica de cine negro, siempre, con un vaso del mejor tinto en la mano. El vino —ya lo dijo el bueno de Bernard Shaw— es la mejor anestesia para soportar las intervenciones de la vida. Con fármacos, soledad y alcohol, el cóctel para el desastre está servido. Basta agitarlo, no mezclarlo —que diría Bond—, y esperar el efecto que produce su ingesta.

 

 

La casa de Anna es grande y sus ingresos pequeños. Así que decide compartirla con David, un inquilino guapísimo con aspecto de hombre duro, a quien brinda hospedaje en el sótano a trueque de colaborar en el mantenimiento de la vivienda.

Como hiciera el mismísimo James Stewart en la mítica película de Hitchcock, la única forma que tiene Anna de intervenir en los acontecimientos es contemplar los hechos desde la ventana. Con el zoom de la observación y la precisión de su Nikon, no pierde detalle de cuanto sucede en las casas de sus vecinos. Vecinos que no tienen nada de particular, excepto que están justamente enfrente y se cuelan en su vida para trastocarla del todo. A fuerza de ver demasiado y de observar demasiado, Anna es una vecina que sabe demasiado (de nuevo guiño al Hitchcock de “El hombre que sabía demasiado”).

Un día, arrellanada en su sofá, ve cómo su vecina es apuñalada —nuevo guiño al maestro con el recuerdo de la ventana más indiscreta del cine—. Poco sabe de ella, excepto que tiene nombre de sex symbol (Jane Russell) y una vida familiar desafiante. La escena fatídica se convierte en una obsesión para ella, en una angustiosa pesadilla que se apodera de su vigilia como embriagadora lengua de fuego, y de la nuestra, naturalmente, mientras deambulamos por los capítulos.

Lo que tiene de excepcional “La mujer en la ventana” es la construcción de la trama. Se me antoja fabulosa, y el cierre, redondo. Eso sí, hasta llegar al broche final, es una apisonadora. Nos atropella. Narrativamente, es perfecta. En este debut de la novela negra, el americano demuestra un estilo pulidísimo. Para atenazarnos la yugular, no necesita ni muchos personajes, ni mucho diálogo, ni mucha acción. Su única arma es la tensión psicológica, una tensión que se pega a nuestros pies cuando pisamos el felpudo de la vivienda de esta agorafóbica, que nos hace sentir descalzos cuando entramos en su casa, y cuya gelidez no abandonamos hasta llegar a la última palabra de la última página. La tensión psicológica es de gran escritor, insisto. Manejada a su antojo, dosificada como el mejor thriller.

Novela francamente muy recomendable. Con un gozoso secuestro y un homenaje al mejor cine noir, estas páginas empapelarán el tiempo de quien la escoja con afán de encontrar evasión y entretenimiento. El autor sabe bien cómo robar el aliento del lector sin brusquedad, soltando el sedal de la intriga poco a poco, que es, seguramente, como se roba con éxito.

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