Kanada inicia donde la mayoría de las novelas sobre la Segunda Guerra Mundial terminan: con el final del conflicto. En 1945 se interrumpieron las masacres, pero inició otro conflicto: el imposible regreso a casa.

Theodore Adorno dice que “no se puede escribir poesía después de Auschwitz.” La idea que se tenía de humanidad como un eterno progreso espiritual y material fracasa en la postguerra. No hay diferencia entre la barbarie de hoy y la de ayer. La cita antes mencionada quiere decir que hemos fracasado como seres humanos y no se puede escribir sobre eso. Además hay una gran dificultad al representar el terror extremo, el infierno.

¿Qué se debe hacer como escritor? Juan Gómez Bárcena dice que al representarlo surge una disyuntiva en la que cada autor decide plasmarlo de determinada manera. Se tiene que ser delicado al representarlo. No solo es está escribiendo ficción, sino que se construye una realidad que, de alguna manera, cambia la mente de quien la lee. El contenido llega a tener un peso real. “Hablar del holocausto sin representarlo nunca,” es lo que ha hecho este escritor. Su obra no habla sobre el holocausto en si mimo, sino sobre cómo se vivió y qué huellas dejó. En ningún momento emplea palabras como judío, nazi o Hitler.

¿Nos hemos vuelto insensibles? Al representar situaciones como esa, o cualquier situación de horror surge la cuestión de si se hiere a quien lo lee, cuando se genera una ficción sobre ello. Se cree que utilizar ese tópico como herramienta de entretenimiento supone una pérdida de respeto e insensibilidad ante tan atroz evento histórico.
Al tratarse del holocausto, ¿es aún más terrible? El usar esta situación de terror como material para la literatura, se consideró un parteaguas en que todos los estratos del conocimiento que existían antes de la guerra, quedaron perplejos. Ya que, a su parecer, el ser es incapaz de expresar algo tan terrible. Que supera su conocimiento.

“Los elementos que parecían al servicio del bien se alían para estar al servicio de la destrucción del ser humano.” Juan Gómez considera que las estrategias empleadas por los nazis tenían, de fondo, un fin positivo. Sin embargo, terminaron siendo fábricas de muerte; esto causa suma perplejidad en cualquiera que se de el tiempo de analizarlo. En la cultura europea, hay una gran dificultad en lidiar con ese recuerdo. (Se produce una quiebra, no se entiende a dónde hemos ido. Nos damos cuenta de que no somos mejores que nuestros antepasados – se creía firmemente en un progreso gradual y continuo). No se habla solo del mal o conflicto en un país, sino que se trata al ser humano como número estadístico. Como basura.

¿Se habrá convertido este tema en mero entretenimiento de masas? ¿Se ha olvidado lo que Theodore dijo, que no es posible escribir poesía después de Auschwitz? ¿Es posible escribir entretenimiento después de Auschwitz? ¿Se ha generado la idea de que podemos representar el mal? Juan Gómez responde a estas cuestiones con seguridad: “La idea inicial ha cambiado, ahora se puede hacer, entender, entretener y conmover.”

 

Adentrándonos un poco más a la obra en sí, el autor expresa su inquietud al notar que en la mayoría de los libros que tratan este tema, se explora más la figura del nazi que de la víctima. Lo que importa es el verdugo. Tras años de trabajo y análisis, llegó a la conclusión de que esas máquinas de muerte fueron fruto de la razón. De la ilustración. Los nazis tenían personas de saber que sostenían su visión del mundo. (Filósofos, antropólogos). “El exceso de razón nos llevó (al ser humano) a ese punto, ahora no lo podemos entender. Supera nuestra capacidad de razonamiento,” sugirió Gómez.

El narrador-personaje es un monólogo tratando de entender su situación. En su vida no hay noción del tiempo, pues su mente está dislocada. Las quiebras que surgen en el hombre, se llevan a la narrativa. Se busca transmitir la idea transformada que tiene el propio personaje de su vida.

La novela está escrita en segunda persona. Esto es debido a que el autor consideró que una persona completamente traumatizada no puede contar algo así. Al no verbalizar el trauma, no puede apelar a su alrededor, ni a su conciencia. Surge un diálogo consigo mismo en el que no se termina de procesar el terror. El autor tuvo que hacer una purga de palabras impresionante para lograr tan admirable narración.

La grandeza de la literatura nace al tomar los grandes temas y explotarlos. Abordarla en temas universales. Aunque no se hayan experimentado en carne y hueso. Estos libros son ventanas hacia los grandes problemas. Es por eso que la gente los lee. Sin embargo, pueden llegar a ser una desventaja. Hay modas y corrientes, hay estudios de mercados; no siempre se van a dar a conocer.

Considero que Kanada es una novela que, por un lado, tiene un contenido valiosísimo. El autor dedicó años de su vida a trabajos de investigación y a perseguir testimonios de sobrevivientes de este terrible acontecimiento. Por otro lado, creo que es interesante el enfoque de la obra al resultado que el holocausto tuvo en la vida de las personas. La literatura se ha atiborrado de obras que hablan de los eventos transcurridos dentro de los campos, pero en Kanada se ve más allá. El autor pone nuestra mirada en un mundo desconocido y, sobre todo, ignorado por nosotros. La violencia que emergía en Auschwitz nos roba las palabras y el aliento, pero el trauma que ésta ha dejado en los (des)afortunados sobrevivientes, es aún peor. Se ha perdido el sentido de la vida. Se ha perdido el deseo de enriquecimiento recíproco. Hay una búsqueda desesperada de una nueva identidad. Hay una ruptura emocional y psicológica que les va a lastimar por el resto de su vida.