1.- LA PERSONA

Centro y fundamento de todo orden jurídico.

1.1.- Espacio y tiempo.
Nos encontramos en el mundo y esa es una realidad que nos mide, pero también en el tiempo y por tanto sometidos y medidos por él. “La persona no es sólo un ‘alguien’, sino un ‘alguien corporal’: somos también nuestro cuerpo y por tanto nos encontramos instalados en el espacio y en el tiempo”. Digamos que el espacio y el tiempo constituyen una limitación, pero también la única posibilidad de realizarnos. Y como somos una obra negra, algo no terminado, algo que cada uno deberá concluir, hemos hacerlo imprimiendo como el artista nuestro toque personal, a través de nuestras acciones nos vamos construyendo en el tiempo de modo más o menos conforme con nuestra naturaleza y sus posibilidades. “El hombre se puede enamorar de la realidad que sale al encuentro de un modo radiante. Si entonces el hombre tiene suficiente agudeza, si no es un animal, se dice: para mí eso es imprescindible, embarco mi ser en ello. Eso es ser libre destinándose”.

 

1.2.- Vocación al amor.
El Catecismo nos recuerda que “Dios que ha creado al hombre por amor lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. …”  por lo que es necesario liberarnos de la trampa del egoísmo, de la ego-libertad y sus dinámicas. No somos seres solitarios, no podemos ser nosotros mismos el centro de nuestra existencia, pues nos enriquecemos del exterior y podríamos quedar atrapados en una pobreza inferior a nosotros mismos. Somos necesariamente para los demás, un ser para alguien, para otro, que no puede ser sin los demás, que no puede ser en sí mismo, sino para los demás.

Ser sociales no consiste sólo en la posibilidad de una relación inteligente con otro, es necesario encontrarse de frente con él, captar su propia naturaleza e identidad. Sólo Dios y los demás son amables, necesitamos al otro para reconocernos y para desarrollar las capacidades que no podríamos desplegar sólo por nosotros mismos, para poder expandir nuestras posibilidades de acción. Pero principalmente, necesitamos del otro para reconocer en él algo absoluto, algo que cada uno reclama para su propia dignidad, para sí mismo. Si otro no nos reconoce ¿quién nos reconocerá?  Reconocer al otro, exige tratarlo o relacionarnos con él, de modo que valoremos incondicionalmente que se trata de otro yo. Las tendencias cosificantes siempre han estado en nuestra cultura bajo formas diversas de subordinar a la persona a alguno de sus aspectos.

1.3.- Nuestras acciones y sus efectos.
Cada uno de nosotros mantiene una íntima relación con sus propias acciones, a través de ellas hace y se hace. A través de nuestras acciones respondemos a nuestras circunstancias, presidimos nuestra vida, enfrentamos lo que nos pasa y provocamos lo que hemos decidido como bueno para nosotros. Somos capaces de dar lugar a actos originales, imputables a nosotros mismos. Somos el principio y la causa de nuestras acciones, y por tanto nos son imputables como sus autores y auténticos responsables. Nuestras acciones tienen un efecto hacia el exterior y otro hacia el interior de nosotros mismos. El efecto hacia el exterior es la consecuencia de nuestra acción a través de la cual modelamos el mundo, incidimos en la realidad modificándola. Pero siempre imprimimos a la acción nuestro toque personal, una intención, una implicación en virtud de la cual la acción es propiamente nuestra, deja una huella de nosotros y en nosotros. De este modo, somos capaces de elegir diversas respuestas ante lo que nos pasa, decidir modos de relacionarnos con los demás y con nuestro entorno.

El efecto interno es aquel que se conserva en nosotros y nos construye tal y como somos en el presente. A su vez, nos proporciona control sobre el tiempo, pues a base de actuar libremente conservamos el dominio que hemos tenido sobre nuestros actos anteriores, lo que permite proyectarnos al futuro con cierto continuo biográfico, edificando nuestra historia.

Gracias a este dominio de la persona sobre sus acciones, podemos decidir cómo vamos a proyectar nuestro futuro, nos es posible preverlo, desearlo y decidir cómo vamos a integrarlo en nuestra vida, poseyéndolo y amándolo de modo anticipado, vinculándonos con nuestra propia visión y dedicando nuestros afanes en realizarlo. Esto entendemos por libertad. Anticipándonos al tiempo, abrazando el futuro en nuestro presente, trazamos en nuestra vida un camino de sentido, una visión que por ser conforme con nuestra naturaleza y sus posibilidades y por haber sido libremente elegida es auto-debida, auto-exigente.

Es un fraude, presentar a ustedes la libertad como un estado de arbitrariedad que no tiene soporte en la realidad y sus posibilidades, o bien como un permanente estado de mediocridad existencial en donde jamás eliges nada, ni prevés nada, ni proyectas tu vida en ningún sentido. La libertad de cada quien es un gran bien, pero es necesario usarla y hacerlo bien, sólo el que la usa vive realmente en libertad. Que uses tu libertad es que elijas, discriminando lo que no escogiste y adhiriéndote a construir el proyecto que sí elegiste. Ejercer tu libertad, vivir en la libertad, es conquistar en el espacio y en el tiempo de tu vida aquellos bienes que has elegido, amasado en tu corazón, aquel proyecto o visión que has decidido para ti, porque quisiste y te es posible.